Siria

31.12.2018 00:00

 

Puesto 177

de 180 países, en la CLASIFICACIÓN MUNDIAL 2018 de la Libertad de Prensa

Superficie: 185.180 km2

Población: 18.430.450 habitantes

Jefe de Estado: Bashar al Asad

Presidente del Gobierno: Imad Mohammad Deeb Khamis

PIB per cápita (US$ a precios actuales): 2.900

Tasa de alfabetización en adultos (mayores de 15 años): 86,4%

Porcentaje de usuarios de Internet: 32%

 

 

Con 11 periodistas, internautas y colaboradores de medios muertos y 14 encarcelados en 2018, Siria es uno de los países más complejos e inaccesibles sobre los que informar de todo el mundo.

 

Las facciones y grupos armados, además del régimen de Bachar al Assad, no respetan el trabajo de los profesionales y han ejercido una represión que hace casi imposible obtener información independiente. La guerra civil en la que se ha convertido, siete años después, la revuelta que nació de un movimiento popular sin precedentes en el país, ha propiciado que los periodistas sufran intimidaciones, detenciones, secuestros y asesinatos. Al mismo tiempo, en el país se han creado muchos medios, la mayoría digitales, que intentan transmitir una versión independiente de lo que ocurre, sufriendo un feroz acoso y arriesgando mucho. Algunos trabajan desde países cercanos, como Turquía, y otros directamente con el apoyo de periodistas en el exilio.

 

La labor de los periodistas ciudadanos ha sido fundamental en zonas donde no han podido acceder los profesionales durante meses, a veces años, algo de lo que también son conscientes las facciones en conflicto y el régimen. Por su parte, los periodistas extranjeros se enfrentan a las trabas burocráticas para obtener un visado oficial que les permita acceder a la zona controlada por el Gobierno, que al concluir 2018 era de tres cuartas partes del territorio, pero sólo la mitad de los 19 puestos fronterizos terrestres (en octubre, se reabrieron las fronteras con Jordania y con los Altos del Golán). Algo que será imposible lograr si se ha accedido anteriormente de forma clandestina a las zonas “rebeldes”, durante los primeros años de la revuelta, o a las que estuvieron bajo el poder de grupos como el autodenominado Estado Islámico. La recuperación de zonas que han estado durante años fuera del control del régimen ha generado otro punto de preocupación para los periodistas, internautas y colaborados de los medios, por las posibles represalia del régimen.

 

El 12 de marzo, el fotógrafo Bashar Al-Attar, que trabajaba para Arbin Unified Media Office, murió por las heridas de un bombardeo ese mismo día en Gouta Oriental. Y cuatro meses después, Mostafa Salama, de Sama Channel, corría la misma suerte, mientras cubría el avance del ejército sirio en Kuneitra, al suroeste del país.

Además, la muerte de Niraz Saied, un reconocido fotógrafo sirio-palestino en una prisión del régimen sirio, donde permanecía recluido desde hacía tres años, se supo a mediados de julio. Su familia no había tenido ninguna información oficial sobre su paradero desde que fue detenido el 2 de octubre de 2015, cuando intentó abandonar el campamento de refugiados de Yarmouk, en el sur de Damasco, huyendo de las amenazas de los milicianos del autoproclamado Estado Islámico, que controlaba el lugar. Un amigo de la familia y la Asociación de Periodistas Sirios aseguran que murió 18 meses después de haber sido detenido, como consecuencia de las torturas.

 

El primer periodista ciudadano que murió en 2018 fue Abdul Rahman Al Yacine, periodista independiente para Al Souria Net, el 20 de enero, en un bombardeo en Gouta Oriental, cerca de la capital, cuando el régimen estaba realizando una ofensiva para recuperar el enclave. También fallecieron en bombardeos Sohaib Aion, Fouad Mohamed Al Hussein, durante un ataque ruso sobre la ciudad de Tarmala, en Idlib, y Ahmed Hamdan, en Harmouriya. Un misil guiado del régimen fue el que acabó con la vida de Moammar Bakkor a las afueras de Hama, y en el caso de Ahmed Aziza ocurrió en Urum al Kobra, al oeste de Alepo. El 23 de noviembre, perdieron la vida Hamoud Jneed y Raed Fares, que era el fundador de Radio Fresh. También en 2018, murió asesinado un colaborador de medios en Gouta Oriental, Khaled Hamo, que era ingeniero de sonido de una agencia de prensa.

 

En enero, un año después de que fuera secuestrado el fotoperiodista independiente sudafricano Shiraaz Mohamed, sus compañeros aseguraron haber obtenido una prueba de vida. También fue liberado, tras 6 meses en cautividad, el periodista ciudadano Hossan Mahmoud, a quien secuestró el grupo radical Tahrir al Sham, pero el mismo grupo, que liberó a otros dos informadores durante la primera mitad del año, sigue reteniendo a Amjad Al Maleh que fue detenido a la vez que Mahmoud, cuando estaban informando en el norte de Idlib.

 

El 19 de octubre, recuperó la libertad el periodista japonés Jumpei Yasuda, quien pasó tres años retenido y recibió muchas críticas desde su país, acusándole de haber ido a Siria, a pesar de que las autoridades niponas recomiendan lo contrario, y considerándole “el único responsable” de su secuestro. Yasuda cubre la región desde 2003 y fue secuestrado por primera vez en Irak durante tres días. Decidió ir a Siria en junio de 2015 para investigar el asesinato de su colega, Kenji Goto, a manos del autoproclamado Estado Islámico.

 

En cambio, no hay noticias, desde el 17 de marzo, de Hado Monajid, reportero en la cadena de televisión Orient News, quien desapareció en el Este de Gouta, un enclave rebelde sitiado cerca de Damasco. En ese momento, según la Asociación de Periodistas Sirios, unos 75 periodistas estaban en peligro en la zona por la ofensiva militar para retomar el control y los fuertes bombardeos.

 

Quince organizaciones, entre las que se encuentra RSF, han enviado una misiva a la ONU, al cumplirse el quinto aniversario de la desaparición de la periodista y abogada de derechos humanos Razan Zaitouneh y de tres compañeros suyos, Samira Khalil , Nazem Hamadi y Wael Hamada. Todos fueron secuestrados cuando estaban investigando en el Centro de Documentación de Violaciones de Douma y la zona permanecía bajo el control de las fuerzas rebeldes.

 

La frontera con Turquía es otro punto especialmente complejo para trabajar. Los soldados turcos hirieron a Ibrahim Ahmad y Gulistan Mohamed, dos periodistas sirio-kurdos de la agencia ANHA/Hawa, en la ciudad de Tal Abyad, el 2 de noviembre. Ambos estaban cubriendo los enfrentamientos entre las fuerzas turcas y kurdas, apenas a doce metros, cuando el ejército turco cruzó el paso fronterizo y disparó.

 

Una situación similar se ha vivido en la región de Afrin, 250 kilómetros al oeste, donde los militares turcos comenzaron una intervención en enero, apoyados por la oposición al régimen sirio, y realizaron al menos cuatro secuestros de periodistas. Permanecieron retenidos durante un mes con la excusa de que “carecían de permiso para hacer fotografías”. Al cierre del año, mantenían en su poder al fixer Redwan Khalil y a los asistentes Kaniwar Khelif, Hasan Khelif e Issam Abas, todos trabajadores de la televisión Al Hurra.

 

En la región desmilitarizada de Quneitra, en la frontera con Israel, docenas de periodistas quedaron expuestos ante el avance del Ejército ruso. Estaban atrapados en el suroeste de Siria, desde que el régimen recuperó la región de Deraa (en la frontera jordana). Son periodistas que trabajan para canales de televisión sirios -Orient News , Syria TV, Al Jisr TV y Halab Today TV-, empleados de las agencias de noticias internacionales -AFP y Reuters-, y corresponsales de redes de noticias locales y organizaciones, como Yaqeen, Shahed y Nabaa, que temen ser ejecutados o encarcelados, porque han cubierto el levantamiento popular, y han ayudado a documentar las violaciones de derechos humanos cometidas por el régimen sirio.