Siria

31.12.2017 00:00

 

Puesto 177

de 180 países, en la CLASIFICACIÓN MUNDIAL 2017 de la Libertad de Prensa

 

 

Superficie: 185.180 km2

Población: 18.430.450 habitantes

Jefe de Estado: Bashar al Asad

Presidente del Gobierno: Imad Mohammad Deeb Khamis

PIB per cápita (US$ a precios actuales): 2.900

Tasa de alfabetización en adultos (mayores de 15 años): 86,4%

Porcentaje de usuarios de Internet: 32%

 

 

 

 

BARÓMETRO 2017

  • 8 Periodistas asesinados
  • 4 Internautas y periodistas ciudadanos asesinados
  • 0 Colaboradores asesinados
  • 7 Periodistas encarcelados
  • 15 Internautas y periodistas ciudadanos encarcelados
  • 2 Colaboradores encarcelados

 

 

 

Desgarrada por un sangriento e interminable conflicto, desde 2012 Siria es el país más mortífero para los periodistas. Los reporteros, sean profesionales o periodistas-ciudadanos, permanentemente corren el riesgo de perecer por los tiros de francotiradores, el lanzamiento de misiles, la explosión de bombas artesanales o los ataques suicidas. Los periodistas locales son las principales víctimas, puesto que en los últimos años la presencia de reporteros extranjeros ha disminuido de forma considerable. No obstante, algunos informadores han comenzado a entrar de nuevo al norte del país, en especial a Rojava, para cubrir las batallas que libran en Raqqa o en Deir Ezzor las fuerzas árabe-kurdas contra el grupo terrorista Estado Islámico.

 

A finales de 2017, al menos ocho periodistas profesionales y cuatro periodistas-ciudadanos habían fallecido en el ejercicio de sus funciones, al menos 24 informadores se encontraban encarcelados en prisiones del gobierno del presidente Bashar Al Asad y otros 22 permanecían secuestrados por grupos yihadistas. Por todo ello, tanto el Estado Islámico como el presidente sirio figuran en la lista de depredadores de la prensa de RSF.

 

En marzo, el periodista Mohamed Abazeid falleció durante un bombardeo de las fuerzas sirias y rusas en la ciudad de Daraa. Conocido profesionalmente como George Samara, colaboraba con la estación satelital de la oposición Nabd Syria y la Organización Siria de Medios, que también simpatiza con la oposición.

 

También a finales de julio, el periodista sirio Khaled al-Khateb, que colaboraba con el servicio en árabe del canal RT, murió en la provincia de Homs en un ataque de los combatientes del Estado Islámico al convoy del ejército sirio en el que viajaba. Su cámara, Muutaz Yaqoub, resultó herido en el ataque.

 

En agosto, Osama Nasr al-Zoabi, director regional de la Organización Siria de Medios, perdió la vida en la explosión de una bomba de carretera en la provincia de Daraa. Al-Zoabi se dirigía a esta región para realizar un reportaje sobre las consecuencias humanitarias de los bombardeos del Gobierno sirio en la zona.

 

Un mes después, el 26 de septiembre, el periodista-ciudadano británico Mehmet Aksoy, editor del sitio web The Kurdish Question, falleció mientras realizaba un reportaje sobre los combates entre las fuerzas kurdo-sirias y el Estado Islámico en Raqqa.

 

Ya en octubre, los periodistas kurdos Dilshan Ibash y Hawker Faisal Mohammed fallecieron en un hospital como consecuencia de las heridas sufridas tras un ataque con coche bomba que la localidad de Abu Fas, donde se encontraban cubriendo el desplazamiento de civiles.

Por otro lado, los periodistas representan un blanco fácil para grupos radicales como el Estado Islámico o el Frente Al-Nusra, la filial de Al Qaeda en Siria. A finales de año, al menos 29 informadores permanecían secuestrados con el objetivo de obtener rescates, ejercer presión y sembrar el terror en las ciudades que controlaban o como un elemento más de su propaganda.

 

En enero, el fotoreportero sudafricano Shiraaz Mohamed, que colaboraba con la ONG Foundation Gift of the Givers, desapareció en Siria. Fue secuestrado junto con dos empleados de esta organización por individuos que dijeron ser “representantes de todos los grupos armados en Siria” que pretendían “arreglar un malentendido”. Los empleados de la ONG fueron liberados; el reportero, no. A finales de año, tanto su familia como la ONG aún esperaban pruebas de que estuviese vivo.

 

El caso de Shiraaz no es el único. A finales de año, al menos siete periodistas extranjeros estaban secuestrados en Siria, tres de ellos desde hacía más de cinco años. Este es el caso tanto de Austin Tice, periodista estadounidense que colaboraba con The Washington Post y Al-Jazeera, como de Bachar al-Kadumi, periodista palestino-jordano de la cadena Al-Hurra. Los dos desaparecieron en agosto de 2012; el primero en las afueras de Damasco y el segundo en Alepo.

 

También en 2012, concretamente en noviembre, fueron secuestrados el reportero británico John Cantlie y el estadounidense James Foley, quien fue asesinado por el Estado Islámico en agosto de 2014. Durante los últimos años, Cantlie ha sido utilizado por sus captores como portavoz de su propaganda mediática. Su última aparición, en las calles de Mosul, se remonta a diciembre de 2016, cuando aparece en un vídeo visiblemente deteriorado.

 

El periodista japonés freelance Jumpei Yasuda también está secuestrado desde el verano de 2015 en Siria. A finales de año, la única prueba de que seguía con vida era un vídeo grabado en marzo de 2016, el día en que cumplió 42 años, en el que no revelaba nada sobre sus raptores.

 

Sin embargo, es difícil calcular el número exacto de informadores locales que han sido tomados como rehenes, ya que las familias y los allegados de los periodistas a veces prefieren no dar a conocer su desaparición por miedo a afectar las negociaciones o a que se prolongue su cautiverio.

 

Además, al menos 24 periodistas -profesionales o no- se encontraban a finales de año encarcelados en prisiones del Gobierno del presidente Al Asad. La mayoría de ellos fueron detenidos de forma arbitraria, entre 2011 y 2013, y posteriormente juzgados por tribunales militares, considerados como tribunales de excepción, que tienen procedimientos secretos a puerta cerrada y no permiten el derecho a la defensa. Según testimonios de personas que han comparecido ante estos tribunales, los procesos son superficiales y no cumplen las mínimas normas internacionales para un juicio justo.

 

Uno de los casos más emblemáticos es el de Bassel Khartabil, desarrollador de software y activista de la libertad de expresión. Detenido en 2012 por los servicios de espionaje militar siria, el pasado mes de agosto se confirmó que había sido ejecutado por el régimen de Al Asad en octubre de 2015, fecha en la que logró informar a su familia de que lo trasladaban desde la prisión de Adra, en Damasco, a un lugar desconocido. Desde entonces, nada se sabía de su paradero. Sirio de padres palestinos, Khartabil, de 34 años, era ingeniero informático. Trabajaba en el sector del software y desarrollo web, por lo que antes de su detención, había utilizado su experiencia técnica para ayudar a promover la libertad de expresión y el acceso a la información a través de internet.

 

Por otro lado, las amenazas de muerte y secuestro, así como la represión constante hacia los medios de comunicación sirios y sus profesionales, por todas las partes implicadas en el conflicto, obligó, un año más, a decenas de profesionales y periodistas-ciudadanos a huir al extranjero. Sin embargo, pese al exilio, muchos de ellos continúan temiendo por su seguridad, lo que se suma a las dificultades cotidianas que deben afrontar en los países en lo que se refugiaron. Las fronteras de Siria son permeables para los periodistas que huyen de estos peligros, pero también para sus depredadores.

 

En este sentido, en junio, un miembro del Estado Islámico fue condenado a cadena perpetua en Turquía por el asesinato del periodista sirio Naji Jerf. En diciembre de 2015, el redactor jefe de la revista mensual Hentah y realizador de documentales fue asesinato a tiros, a plena luz del día, en la localidad turca de Gaziantep, donde se había refugiado. Otros tres sospechosos del asesinato fueron puestos en libertad por falta de pruebas.