Introducción

 

Turquía, triste y terrible protagonismo

 

Turquía. Turquía ha sido sin duda la principal protagonista del retroceso de la libertad de información en el mundo, en 2016. Encarcelamientos de periodistas, detenciones, cierres de medios, juicios arbitrarios, condenas abusivas, periodistas exiliados, despidos masivos de profesionales, censuras, leyes represivas… El país del Nobel Orhan Pamuk, que sigue llamando a las puertas de la Unión Europea, se ha alzado con un triste galardón: encabezar los ataques contra la libertad de expresión e información. Un panorama difícil de asumir en una teórica democracia.

 

Como también es difícil de asumir que la Unión Europea haya permanecido prácticamente silenciosa ante semejante atropello a uno de los pilares de toda sociedad democrática. Se ve que la postura de Turquía como guardián europeo de refugiados y migrantes, originados por las guerras en Oriente Medio, ha tenido un mayor peso.

 

La deriva autoritaria del presidente Recep Tayyip Erdogan, amparado en el fallido golpe de Estado de julio, originó una auténtica caza de brujas periodística. Tras la proclamación del Estado de Emergencia, en solo un día, el 27 de julio, se cerraron y expropiaron 102 medios de comunicación críticos con el gobierno -45 periódicos, 16 canales de televisión, 23 emisoras de radio, tres agencias de noticias y 15 revistas, además de 29 editoriales-. Todos, sospechosos de “colaboración” con el Movimiento del clérigo Fethullah Gülen, a quien el gobierno responsabilizó del golpe. Al menos once emisoras fueron cerradas por “complicidad con organizaciones terroristas” y “suponer un peligro para la seguridad nacional”.

 

Desde esa fecha, ha bastado con hacer alguna crítica al poder, tener cierta empatía con Fethullah Gülen, o el movimiento político kurdo, para que un periodista fuese enviado a prisión acusado de “insulto al presidente de la República” o “propaganda terrorista”. Los detenidos podían pasar hasta 30 días privados de libertad y, en los primeros cinco días, ser privados de un abogado. A finales de año, más de un centenar de informadores estaban encarcelados y Turquía se había convertido en la mayor prisión del mundo para periodistas, encabezando los cinco primeros puestos por delante de China, Siria, Egipto e Irán. Por si no fuera suficiente, tras el cierre de 149 medios de comunicación, 2.300 trabajadores se fueron a la calle. Y, seguramente  para evitar tentaciones informativas, a 700 periodistas se les retiró el carné de prensa. En su mayoría trabajaban para medios disueltos por decreto. Ante este panorama muchos profesionales han optado por el exilio.

 

Una situación agónica con un solo punto positivo: no ha habido asesinatos de informadores. No obstante, el deterioro de la libertad de prensa y de las libertades en general ha sido tanto y tan brutal, que merece destacarse incluso por encima de países que vienen arrastrando en los últimos años enquistadas situaciones de violencia y muerte.

 

Los asesinatos de periodistas, una vez más, han venido en su mayor parte de la mano de Siria, Irak, México y Afganistán países en los que la violencia extrema, bien sea por conflictos armados, terrorismo yihadista o crimen organizado, han arrastrado un doloroso balance.

 

Las guerras en países como Siria, Irak, Yemen y Libia, en los que reina la impunidad, se cobraron la vida de al menos 35 periodistas, profesionales y ciudadanos, del total de 75 que se registraron en todo el mundo: 19 en Siria, ocho en Irak, cinco en Yemen y tres en Libia. Y a ellos se suma el número de secuestrados en las zonas de conflicto. A finales de año, 52 profesionales de la información permanecían en manos de grupos extremistas, principalmente del Estado Islámico, Al-Nusra y los rebeldes hutíes de Yemen. La mitad del total de rehenes, 26, fueron capturados en Siria, 16 en Yemen y 10 en Irak.

 

Por cuarto año consecutivo, Siria continúa siendo el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo. Asesinados o secuestrados por el Estado Islámico (EI) que busca acallar toda crítica, encarcelados por El Assad (28 informadores en las prisiones de Damasco), amenazados u obligados a huir, los periodistas, muy especialmente los locales, sufren, ellos y sus familias, la violencia y el terror desatado en la zona. El periodista británico John Cantlie, capturado en 2012, sigue en manos del EI y, visiblemente desmejorado, ha sido utilizado en vídeos de propaganda.

 

Irak le sigue de cerca. Los periodistas, considerados traidores o espías por los grupos yihadistas, o atacados por  milicias cercanas al poder, son secuestrados, (desde hace dos años 10 periodistas y colaboradores, todos iraquíes, son rehenes) utilizados para fines propagandísticos o ejecutados. Siete profesionales y un periodista ciudadano fueron asesinados en el ejercicio de sus funciones.

 

A los horrores  de Siria e Irak, se pueden añadir los de Afganistán, que, sin estar en guerra, sigue figurando en segundo lugar, tras de Siria, entre los países más mortíferos para los periodistas. Obligados a moverse en un clima de inseguridad provocado por los talibanes, las autoridades locales, o las fuerzas militares, 10 periodistas fueron asesinados en 2016.

 

Un breve repaso por la región, Irán,  Barhein, Arabia Saudí, Yemen, parece un calco de lo acaecido el año anterior, si no fuera porque van en aumento la represión y condenas arbitrarias. En aplicación de la sharía se condena  a periodistas y blogueros a altísimas penas de cárcel, incluida la cadena perpetua y los latigazos. En Arabia Saudí, con diez periodistas en prisión, continúa encarcelado, desde hace más de cuatro años, Raif Badawi, pese a la presión internacional para su liberación. En prisión también sigue, en Egipto, desde hace más de tres años, sin importar su mal estado de salud y deterioro, el reportero gráfico Mahmoud Abou Zeid, alias  Shawkan, por el simple hecho de cubrir una manifestación para la agencia británica Demotix. Es uno de los 27 informadores encarcelados acusados de “terroristas” por el gobierno de Al Sisi.

 

Pero si violencia, represión, y falta de libertad informativa en distintos países de Oriente Medio y Golfo Pérsico, viene estructurada desde el poder por poderosas monarquías, o bien impuesta por combatientes islamistas yihadistas de distintos signo, en Latinoamérica la violencia, especialmente en países como México, Honduras o Guatemala, está generada por el crimen organizado que ha contaminado a gran parte de las estructuras gubernamentales, ejércitos, policía  y justicia, creando una situación de impunidad que va en aumento.

 

Sabemos que México, un país teóricamente “en paz”, es el país más letal de América Latina y uno de los más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. En él aumenta cada año el número de informadores asesinados  sin que los asesinos lleguen siquiera a comparecen ante la Justicia. Sabemos de las extorsiones de los carteles de la droga, especialmente del cártel de los Zetas, implantado en el noreste de México: amenazas, intimidaciones, asesinatos, secuestros, actos de barbarie... Sus miembros gozan de una completa impunidad. Este clima de terror, la autocensura se ha generalizado en las redacciones locales y quienes no la practican pagan con su vida o con el exilio. Este año 13 profesionales fueron asesinados en el país.

 

Pero México no es la excepción. En Honduras, más de 60 periodistas han sido asesinados en los últimos cinco años. Sus muertes siguen sin esclarecerse. En 2016, fueron tres los periodistas que perdieron la vida a balazos, en medio de un tenso clima de trabajo, asediados por la violencia de las Maras y la corrupción de políticos y cuerpos de seguridad, que  genera uno de los niveles de impunidad más altos de América Latina. Cualquier denuncia hecha, en ocasiones por informadores de pequeñas radios comunitarias, de corrupción o actuaciones ilegales por parte de las autoridades locales, les puede acarrear amenazas, persecución o muerte.

 

Pero en la democrática Europa, la libertad de prensa ha sufrido también  una notable involución. Diversas legislaciones aprobadas para luchar contra el terrorismo, han supuesto importantes retrocesos en materia de libertad de información poniendo en riesgo el periodismo de investigación, la confidencialidad de las fuentes y la privacidad de las comunicaciones de los informadores.

 

La “Carta de los fisgones” de Gran Bretaña, la “ley mordaza” en España, son solo dos muestras. A ellas se suman las medidas de espionaje y vigilancia masiva aprobadas en Alemania y Francia. En Italia, la policía ha hecho redadas en medios de comunicación para recabar información. En España, la justicia ha perseguido a varios periodistas por revelación de información de interés público, desde el Caso Bárcenas a FootbolLeaks. Polonia, quiso limitar el acceso de la prensa al Parlamento, y su gobierno está dispuesto a aprobar, si la UE no la impide, una nueva conflictiva ley de Prensa.  Y Rusia no ha cesado en su intento regulador y controlador de contenidos. En Internet, una nueva legislación permite la retirada de contenidos en 24 horas y hace responsables a los portales de noticias de más de 1.000.000 de visitantes de todos los contenidos que publiquen.

Y ya que hablamos de nuevas tecnologías, no está de más recordar que muchas de las nuevas legislaciones represivas en todo el mundo se centran muy especialmente en Internet y las redes sociales;  que hay blogueros que son quemados vivos o asesinados a machetazos (caso de Bangladesh),  y países donde un blog informativo te puede llevar a largos años de cárcel, o incluso a ser condenado a muerte. El número de internautas encarcelados (146) casi alcanza ya la cifra de los periodistas profesionales (187).

 

Triste panorama. Al cerrar estas líneas Barack Obama, que no se ha significado especialmente por defender la libertad de información en sus mandatos, ante la increíble amenaza de la “era Trump”, sus repetidas mentiras y ataques a la prensa, insiste en que los periodistas son necesarios para defender los derechos humanos y valores democráticos en el mundo.

En eso estamos.

 

Malén Aznárez

Presidenta de RSF-España